LA SEMANA SANTA SEGÚN MÍTICO RF

JUEVES DE TRASLADO

Corría el año 1993 cuando la Cofradía de Jesús del Vía Crucis estrenaba Banda de Tambores y Cornetas. Era una Banda compuesta por gente muy joven, pero dirigida por ilustres veteranos de las bandas de cornetas y tambores zamoranas. Esta Banda tuvo su debut, ni más ni menos, que en la procesión que abre cada año la Semana Santa de Zamora, el Traslado procesional del Nazareno de San Frontis. Ante dicha responsabilidad el Jefe de aquella Banda tuvo la brillante idea de quedar en el lugar habitual de ensayos a las seis de la tarde, dos horas y media antes del desfile, para vestirse juntos y tranquilizar a los noveles músicos. Dicha costumbre siguió manteniéndose en otras variantes y, aún con la Banda desaparecida, ha llegado a nuestros días.

Es el Jueves del Traslado un día de tradiciones por autonomasia. Es el comienzo de todo, es el día con el que estamos soñando todo el año, el que más deseamos que llegue y como tal hemos de estar preparados. Es el pistoletazo de salida que comienza, como no puede ser de otra manera mirando al cielo a ver que nos depara la climatología este año. Si hace sol la sonrisa que se nos ha dibujado al saltar de la cama se hará mayor y si llueve un poso de amargura nos entristecerá, aunque no por ello perderemos la esperanza de que sea pasajero.

Esa mañana una cita inexcusable, mítica y tradicional en sí misma, concertada desde el año anterior, es el paso por la peluquería. Y es que un pelo cortito ayuda a que el sudor de los caperuces transpire mejor y se evite ese redondelillo a modo de corona resultante de apretar el cartón o la rejilla. Ahí comienza la Semana Santa para muchos, en su peluquería habitual a golpe de maquinilla y tijera. Entrañable, mítico e íntimo para cada cual, sin duda.

Ya por la tarde es hora de cumplir otra tradición, aquella iniciada en 1993. Y es que es un verdadero placer revivir cada año el debut de aquella Banda, hoy tristemente Historia, con uno de sus fundadores en el bar de siempre, de cada año. Un reencuentro entrañable también pleno de sabor y recuerdos. De sabor a patatas mixtas, como en aquellos maravillosos años lamentablemente truncados y de recuerdos de anécdotas vividas tal Jueves como éste, pues los años ya van llenando de vivencias algunas mentes. Antes esa quedada era para bajar a San Frontis a acompañar al Nazareno, ahora no es más que un guiño a la nostalgia y un reencuentro entre viejos amigos que, como tantos otros, cada Semana Santa hacen lo mismo el mismo día, a la misma hora y en el mismo sitio, y que aunque parezca igual siempre es distinto y siempre es emotivo. Y si alguna vez causa mayor lo evita parece que falta algo y que no es lo mismo, uno se siente raro.

Entre anécdota y anécdota han llegado las ocho. Está a punto de comenzar la verdadera esencia del milagro zamorano, la primera imagen saldrá a la calle a emocionarnos, pero a nosotros nos falta uno. Uno que siempre está y nunca falla. Uno que acaba su trabajo y se une a los preparativos. La Calle de los Herreros en su versión tapera es punto de espera y encuentro para seguir haciendo tiempo hasta la cita de las citas. Esa que en breve nos va a traer la realidad como si fuese un sueño. Y es que arriba de Pizarro, como todos los años, esperaremos la llegada del Mozo, con las esquilas del barandales como inmejorable preludio y allí, esta vez sí que es real y no es ningún video, aparece la imagen del Nazareno de San Frontis, con su paso cadencioso, a los sones de SU marcha, acompañado por los suyos que le llevan a la casa mayor de Zamora. Tras pasar delante nuestro, esas miradas cómplices de decirnos que sí, que ya está aquí un año más esos días mágicos, el milagro zamorano una vez más se ha puesto en marcha.

Pero queremos más, y raudos vamos a la Catedral para verle entrar, para ver esa imagen que no nos cansaremos de observar los días venideros. Ya pasó la primera y hay que celebrarlo. En camaradería, como siempre. Como siempre lo hacíamos los de la Banda, yendo a cenar al lugar de trabajo de un compañero nuestro. Una cena expontanea, entrañable, entre compañeros y amigos. Hoy somos menos, pero esa cena se sigue produciendo, con otra gente pero con el mismo sentido. Los recuerdos, una vez más lo ocupan todo mientras vivimos ese presente que en años venideros será recuerdo.

Es la otra Semana Santa, la que no entiende de guerras, de envidias, de poder ni de rencillas. La que llevamos cada uno dentro. Cada uno la suya, sin que ninguna sea mejor ni peor pero que sumadas hacen la de todos, hacen que la Semana Santa de Zamora haya sido lo que ha sido y nunca debiera dejar de serlo, a pesar de que otros se empeñen. Es el milagro de Zamora. Luchemos por ella y disfrutémosla con el corazón. Que no nos llueva hermanos.

PRIMER ENSAYO

Corría el año 1953, cuando cinco tenores, seis barítonos y cinco bajos entonaron por primera vez, en la Plaza de Viriato, el Miserere compuesto por el Padre Alcacer. Hasta esa fecha, desde su primer desfile, la zamorana Penitente Hermandad de Jesús Yacente no tenía momento en su desfile procesional de especial significación, bien es cierto, que con tan espectacular puesta en escena como tenía, tampoco le hacía gran falta. El Miserere, con su escogido marco de la Plaza de Viriato, por aquellos años Plaza de Cánovas del Castillo, su solemnidad, su recogimiento a pesar de la masificación de público que cada año acude al evento, ha pasado a ser uno de los momentos cumbre de la Semana Santa de Zamora al nivel del Juramento del Silencio o el “baile” del Cinco de Copas.

Para los que tenemos el privilegio de subirnos cada año a la tarima colocada en el centro de la Plaza de Viriato, hay una fecha en rojo en el calendario de cada año. Y es que mientras unos hacen el carnaval por las calles (y cada vez mejor, por cierto), otros estamos pensando en el segundo sábado de cuaresma, cuando a las seis de la tarde se reúnen los cantores del Miserere en Santa María la Nueva (aunque estos dos últimos ha sido en San Andrés por las obras). Si además, como este año, la climatología acompaña, se dan las circunstancias perfectas para que Zamora empiece a vestirse con ese ambiente semanasantero que nos hace poner ya la piel de gallina.

Y es que el primer ensayo sirve de excusa para los reencuentros. Reencuentros con amigos cantores de la diáspora a los que ves de año en año esos sábados de cuaresma, reencuentro con aquellos, que aun no siendo cantores, no fallan ni uno solo de los sábados en que se entona el salmo. Reencuentro con las correcciones de siempre, los míticos versículos tres y trece que siempre se atragantan, aunque este año, ignoro la razón, ha habido menos correcciones que de costumbre y Pablo ha marchado contento con la predisposición de los cantores.

Y tras el ensayo Semana Santa, Semana Santa de la nuestra, de la del pueblo de Zamora, de la de los de a pie, charla amistosa en la puerta de la Iglesia con familiares y amigos que han ido a verte cantar, con compañeros cantores, con alguno que va al Quinario o a un certamen o a una asamblea….es el ambiente de la cuaresma zamorana, del despertar primaveral de esta nuestra querida ciudad, donde el ensayo es excusa para pasar la tarde con amigos de siempre, con compañeros de siempre hablando de Semana Santa, de la Semana Santa nuestra, esa que no entiende de guerras, ni de directivos ni de subvenciones sino de vivencias, compañerismo, devoción y zamoranismo.

Ese segundo sábado de cuaresma es como el segundo de los cuartos del reloj de la Puerta del Sol el día de Nochevieja. Es el segundo anuncio de que ya está aquí un año más. Es aviso de que Zamora despierta, de que la Semana Santa nos volverá a poner un año más en tensión y que las emociones aflorarán en cada semanasantero con SU Semana Santa, la suya, que sumada a las demás hacen este milagro de cada primavera en Zamora. El primer aviso fue el merlú mañanero del primer domingo de cuaresma convocando a la asamblea de Jesús Nazareno, sí JESÚS NAZARENO, no otra cosa que se le ocurra a ningún iluminado. Este ensayo, más recogido que el merlú, aunque con cada vez más adeptos, es otro aviso. A partir de ahora el tiempo no corre, vuela. Zamora se empieza a preparar, el ambiente es otro, el ajetreo distinto, cada fin de semana hay algo, ensayos, conciertos, asambleas, traslados… En el buzón ya llegan los cada vez más elaborados boletines anuales de las cofradías convocando a asambleas y actos varios y recordándonos que vamos a una procesión y como tal hay que comportarse, que el carnaval ya pasó. El momento que todo el año esperamos se acerca. Toca olvidarse por unos días de todo lo malo y disfrutar. Disfrutar porque a pesar de unos pocos, somos muchos los que hacemos que cada año la Semana Santa sea distinta haciendo todo igual. Y es que quien hace Zamora es el cofrade zamorano de a pie, no el partepechos que sólo quiere figurar.

100 AÑOS

Corría el año 2011 cuando dos zamoranos se encontraban trotando por la orilla del Duero. Uno de ellos era ferviente semanasantero y el otro, digámoslo suavemente, no le gustaba nada la Semana Santa. Aún así debatían sobre la actualidad de cofradías ya que el no semanasantero preguntaba acerca de por qué la celebración de la Pasión daba noticias como las que estaba dando y no se explicaba el devenir de unos acontecimientos que escapaban a su notable intelecto. Fue en estas cuando el semanasantero, aflojando algo el ritmo de su carrera, le espetó: “ATENTO A LO QUE TE DIGO, A LA SEMANA SANTA DE ZAMORA LE QUEDAN 100 AÑOS DE VIDA, Y MUCHOS SERÁN”.

No, no se había vuelto loco el autor de tan lapidaria profecía. De hecho quizás ha sido demasiado optimista. Los acontecimientos devenidos alrededor de la Semana Santa de Zamora hacen auspiciar una crisis de identidad y base que pueden acarrear tremendas consecuencias. La Semana Santa parte de un hecho religioso, cuya correa de transmisión es la Iglesia Católica. Y la Iglesia Católica se ha quedado anclada en el tiempo. No sabe cómo hacer calar su mensaje en la sociedad, sobre todo en los jóvenes. Pueden más los escándalos y la imagen de opulencia del clero que lo que de verdad enseñaba Jesús de Nazaret, que era la humildad y el amor al prójimo. La sociedad ve en la Iglesia una institución reaccionaria, anclada en el pasado y reticente a perder privilegios que otrora tuvo. En vez de adecuarse a los nuevos tiempos y presentarse como una institución pobre, al servicio de los necesitados y ejemplo de amor y caridad, la imagen que dan es de unos señores que no hacen más que prohibirnos cosas diciéndonos que nos quemaremos en el infierno si no hacemos lo que dicen, pero ellos no sueltan uno de sus privilegios y siempre están dispuestos a sacar tajada por todo.

A la Iglesia históricamente le molestó perder poder y perder el control de los acontecimientos. Hoy el progreso le ha adelantado por la izquierda y la gente no se cree según qué milongas. En la Semana Santa de Zamora ha pasado lo mismo. Como instituciones canónicas que son, las cofradías y hermandades deben sujetarse al Derecho Canónico y claro, en ese sentido nuestro querido obispo, que tiene la sartén por mango, ha aprovechado para imponer, en tiempos de democracia, un estatuto marco, que encima tiene la osadía de vender como moderno por el tema de la incorporación de la mujer. El Estatuto Marco nunca puede ser bueno si viene impuesto. La libertad de los cofrades para regirse por sus propias normas debería ser algo innegociable en estos tiempos. Pues va a ser que no. Hay que adecuarse a la voluntad de un señor, como si de otros tiempos de triste recuerdo se tratase.

¿Y por qué se ha tragado con esto? Pues por la incapacidad de nuestros queridos dirigentes de unirse en este proyecto común que es nuestra Semana Santa. Nuestros directivillos de tres al cuarto están más a sacar adelante sus guerrillas que a luchar por la Semana Santa. Es triste el espectáculo de cada día en prensa y calle sobre la Semana Santa. El día que no provocan un motín en un paso se pelean entre ellos por si meto o no meto o cómo meto a las mujeres. Y cuando no anteponen sus rencillas al bien común. Eso sí, pasearme por Santa Clara partiendo mi pecho orgullosos por ser un carguito de tres al cuarto. Y luego están los cómplices silenciosos, atentos a pisar a quien sea y a prestarse a estas maquiavélicas actuaciones de letrados de la ignorancia, con tal de ser “jefecillo” de algo, o “limpiador oficial” de algo. Artistas del peloteo que sólo ven dinero cuando los demás vemos sentimiento. Sólo ven posición social cuando los demás vemos vivencias. Sólo ven figuración cuando los demás vemos recuerdos. En fin, triste.

Es por ello que esta Semana Santa se nos muere. Hemos dejado de ser la mejor a ser una más. De ser el orgullo de Zamora a ser algo de lo que hasta los propios zamoranos empiezan a pasar. Las nuevas generaciones apenas saben lo que es vivir en la fila. Viven en San Martín el botellón, viven que son días que me dejan salir por la noche y cuando les dicen de salir en una procesión les parece aburrido y te dicen que salgas tú. A eso han llegado los cupos y eso provoca la imagen de Guerra Civil permanente que, los que tenían que tirar por la Semana Santa, dan. Devalúan un premio como el Barandales de Honor para pagar deudas económicas, quitan y ponen a su antojo cargos para colmar sus ambiciones y pagar favores debidos, utilizan la Semana Santa para sacar a la luz rencillas personales y pisar al enemigo, cuando no se dan cuenta que se están cargando la gallina de los huevos de oro, pretenden cobrar por “su” espectáculo cuando ese “espectáculo” no lo hacen ellos, lo hacemos quienes calladamente nos ponemos la túnica o nos ponemos debajo de un paso. Dicen que necesitan dinero y como en otras ciudades cobran nosotros también. ¿Es eso lo que aprenden de otras pasiones? Más bien deberían aprender qué es lo que han hecho mal para que el resto nos hayan alcanzado. ¿No éramos contrarios a todo lo que viniese de Sevilla? A cobrar parece que no.

En fin, como siempre reflexiones en saco roto. Sólo espero que cuando nuestra Semana Santa muera, no tenga que estar aquí para enterrarla.

TRISTEMENTE MÁS DE LO MISMO

Corría el año 1898 cuando en el Puerto cubano de La Habana, el acorazado norteamericano Maine fue hundido, desencadenado la Guerra de Cuba, llamada también “Desastre del 98”, en la cual España perdió, además de Cuba, las últimas colonias que le quedaban, traspasando el “honor” de ser potencia Mundial a los Estados Unidos de América. Con una situación interna trasnochada, víctima de un esplendor pasado y un presente paupérrimo, con un ejército trasnochado y nada preparado, la antigua potencia Mundial en la cual “nunca se ponía el Sol”, fue presa fácil para el emergente poder yankee.
Muchos han sido los aldabonazos de la situación actual de la Junta Pro Semana Santa en particular y la Semana Santa en general. Episodios como la “tapada” de pasos en el Museo, las dimisiones a pocas fechas de la Junta Pro, el estatuto marco que no es más que un golazo por toda la escuadra del obispado, cual si de Cristiano Ronaldo lanzando una falta se tratase, la rebelión de la mujer, la rebelión de las penitenciales, etc., etc., etc…
A ello hay que unir el laicismo reinante, provocado, en gran medida, por la falta de adecuación de la Iglesia Católica en general a la realidad social. La Iglesia, comenzando por su Papa, da una imagen de despilfarro, de anacronismo y de trasnochados valores que en nada ayuda a que la juventud se interese por nada que huela a Vaticano.
En Zamora, además, a esa corriente laicista y anticlerical extendida, unimos los números clausus en algunas cofradías, que hacen que muchas generaciones ya de padres (nacidos en los 70 y principios de los 80), no hayan ellos “mamado” lo que significa pertenecer a una cofradía, cargar un paso, tocar en una banda … Y si ellos no lo han vivido, ¿cómo se lo van a inculcar a sus hijos?. La Semana Santa ha pasado de ser “de Zamora” a ser “de los de siempre”, con las guerras de siempre, con los caciques de siempre, con los partepechos de siempre. Aquí entra en juego el carácter zamorano, ese que une los dos puestos: el orgulloso de ser “levantador oficial de la rueda derecha de la imagen titular de la Cofradía de la Santa Envolvente”, y el que no quiere ser nada pero critica todo, sobre todo si ese todo implica innovación y hacer peligrar su “cómodo status social”.
Los partepechos “Señores Cuesta”, como el conocido presidente de comunidad de vecinos, se aferran a su cargo, pues les sigue pareciendo que así son “alguien”, que pasearan orgullosos por Santa Clara, que desplegaran alfombras rojas a su paso, que “HACEN ZAMORA”. Pues sí, ellos hacen Zamora. Hacen la Zamora que se muere, hacen la Zamora superada por cualquiera, hacen la Zamora que no progresa, hacen la Zamora donde pronto el más joven se sentará en un banco de La Marina porque ya es pensionista, hacen la Zamora con dudoso presente y nulo futuro. Pues está claro, sus cargos han de pasar de generación en generación, de la suya, claro. Y recelan de todo aquel que osa a levantar la voz o están codo con codo en un cargo similar al suyo pero de otra cofradía. En vez de unirnos y luchar por algo tan bonito como es la Semana Santa de Zamora se pierden en estúpidas guerras sobre si a mí me dan más dinero o a ver si te monto una rebelión en tu cofradía.
Esto ha sido aprovechado por el obispado para lanzar una falta por la escuadra con folha seca. No ha habido problemas en “colar” un dictatorial estatuto marco. Y digo dictatorial porque elimina de un plumazo la democracia interna de las asociaciones, vulnerando así uno de los principios defendidos en la constitución española, y es que las asociaciones deben funcionar democráticamente. Y un ejemplo de democracia es la libertad para decidir quién puede ser miembro de las mismas. El obispo decía que la Semana Santa no es turismo, que hay que ser católicos. Muy bien, se ha olvidado de un detalle, la Semana Santa en Zamora además de religiosa es POPULAR. Es lo que es gracias al pueblo de Zamora. Y sin ese arraigo entre el pueblo de Zamora se convertirá en lo que se convierte cada celebración de cofradía sin pasos en la calle, que de 1000 van 50 y por obligación. Decía no hace mucho hablando en otra ciudad que si yo fuese navarro correría delante de los toros, si fuese valenciano quemaría fallas, pero no, soy de Zamora, y salgo en procesiones y cargo pasos porque es la tradición que hace grande a mi ciudad, aunque sólo sean 10 días al año. Y así quiero que siga siendo. Bien haría el obispado en lugar de tratar de imponerse, de estar por encima del bien y del mal y de despejar balones como Casillas cuando el balón no le gusta, aprovechar ese tirón popular que la Semana Santa (acto al fin y al cabo de FE EN DIOS Y EN JESUCRISTO, que no sólo de zamoranismo vive la Semana Santa) para difundir mejor su doctrina, para ponerse al lado del pueblo, para dar imagen de modernidad y a la par de austeridad para así entroncar más con el zamorano de a pie.
Todos saldríamos ganando, de otro modo, al paso que llevamos, habrá que hacer nuestra la frase surgida de 1898: “MÁS SE PERDIÓ EN CUBA Y VINIERON CANTANDO”.

TÚ TENÍAS QUE ESTAR AQUÍ (recuperación de un relato perdido)

                Corría el año 1991 cuando un joven zamorano, que se encontraba jugando un partido de baloncesto, en un lance del juego se lesionó sufriendo un esguince de tobillo. En aquel tiempo aquella lesión se arreglaba con dos semanas de escayola pero… era finales del mes de marzo y la Semana Santa estaba a muy pocos días vista. Doloroso fue el momento en que el traumatólogo de turno le dijo a este joven que debería pasar la Semana Santa con muletas y, por tanto, no podría desfilar el Lunes Santo en la Tercera Caída, Hermandad a la que pocos años antes, tras mucho insistir que quería pertenecer a alguna cofradía, le habían apuntado sus padres, al ser la que tenía la sede en el barrio en que residían. Pero si dolorosa fue la noticia, más doloroso fue el ver el desfile al pie de la Iglesia de San Lázaro, apoyado en sus muletas, con los cofrades que le conocían diciéndole al verle: “tú tenías que estar aquí”.
            Es la nuestra una ciudad de emigrantes, y son muchos los que tienen que buscar su vida profesional alejados de Zamora y, claro, en no todos los sitios se vive la Semana Santa como en nuestra ciudad. Son muchos los que aprovechan estos días, más incluso que la Navidad, para acudir a Zamora a vivir lo que la Semana Santa les ofrecía cuando eran niños y jugaban a ser el mítico Carricajo al frente de su Banda, el mítico España con sus campanas, el mítico Atilano tocando el merlú o el mítico Aragón sacando de San Juan el Cinco de Copas. Algunos tienen la suerte de sacrificar periodo vacacional y volver a ponerse su estameña, su raso, su terciopelo o meterse bajo su banzo. Para otros, la Semana Santa empieza con el rojo del Silencio y el pardo de Olivares. Y algunos hay que ni siquiera pueden venir o estar con nosotros algún año, y se emocionan en la distancia pensando en los momentos y vivencias de cada año que no pueden en esta ocasión compartir.
                Y es que es difícil para quien lo vive separar Semana Santa de Zamora. Se puede uno repasar toda la videoteca oficial y particular, re-repasar una y mil veces los álbumes de fotos y la distinta bibliografía sobre el tema, o se puede “vivir” en el Museo de Semana Santa y hacer más horas allí que el propio empleado del local durante el año, pero la magia que tienen esos diez días no son comparables con nada. No se puede estar todo el año esperando a que lleguen para después no vivirlos con la intensidad que se requiere. Cada momento, cada instante… Esos días parece que tienen menos horas, pues el tiempo vuela de vivencia en vivencia. No son sólo las procesiones, no es sólo el ambiente. Hay algo más, la otra Semana Santa, la Semana Santa del abrazo con el amigo, del reencuentro con el Hermano cantor o cargador… y eso no lo da la soledad del Museo o el “Play” del mando a distancia.
                   Por más que se pueda uno mentalizar no cabe en zamorana cabeza la idea de no poder vivir unos sábados de cuaresma de ensayos de Christus y Miserere, de asambleas, de traslados de mesas y demás enseres, de actos y conciertos varios que “van metiendo en ambiente”.
                  No cabe la idea de no poder estar en Zamora un Jueves de Traslado, mirando al cielo para ver si el “Hombre del Tiempo” no se ha equivocado esta vez y es verdad que no va a llover, para por la tarde llenarla de reencuentros que desembocan esperando al Mozo al terminar Pizarro y verle después entrar solemne en la Catedral.
                  No cabe la idea de no poder vivir la inigualable sensación que produce la estameña al deslizarse por el cuerpo por primera vez en el año, para después sentir la magia de la calle Troncoso y culminar cantando el Christus un Viernes de Dolores.
                 No cabe la idea de no poder hacer “la cena” con los amigos de siempre donde siempre tras ver la procesión junto al Puente de Piedra, o cerca de la Catedral un Sábado de Luz y Vida.
                 No cabe la idea de no poder esperar a Jesús triunfante a los pies del Merlú, como todos los años, para después pasear por Zamora como cada “Dominguito de Ramos” por la tarde.
                No cabe la idea de no poder acudir a la cita del barrio, subir el Riego bajo el raso negro y manchando la capa de cera, para, después de entrar en el Museo, correr raudo a Doña Urraca “a que no me quiten mi sitio” y vivir la inigualable estampa de la Buena Muerte, cúlmen de imagen, sonido y luz, en esa bajada cada Lunes Santo.
                No cabe la idea de no poder ir a dejar el coche a San Frontis, para recogerlo tras acompañar al Mozo a su arrabal, y salir corriendo para poder ver las Siete Palabras en cualquier rincón del casco antiguo cada Martes Santo.
               No cabe la idea de no poder “descansar” cada Miércoles Santo, rodeado de amigos, admirando el paso del Cristo de las Injurias por la Rúa, para después degustar el desfile de las capas en las calles de su barrio de Olivares, cuando el desfile no ha hecho más que comenzar.
               No cabe la idea de no poder madrugar cada Jueves Santo y hacer el “cangrejo” en Balborraz, para ver la impresionante subida de la Esperanza a los sones de la Saeta. Después, en esa tarde que reluce más que el Sol, meterse bajo el banzo del Lavatorio, y compartir esa merienda tan nuestra, tan zamorana y tan especial con compañeros, familiares y amigos; y sentir a la caída de la noche, cómo sube la adrenalina cuando Getsemaní suena a la entrada del Museo y el paso no se mueve, no se cae una gota de la palangana. Aún con la emoción desbordada por los cuatro costados, toca ponerse la estameña para volver a sentirse un privilegiado, privilegiado de subirse a la grada de Viriato y entonar las estrofas del Miserere en uno de los momentos cumbre de la Semana Santa de Zamora cada Jueves Santo.
                   No cabe la idea de no poder trasnochar la “noche de las 5”, como siempre se ha hecho y siempre se hará, con tranquilidad, mesura y respeto. Y acudir a la Plaza a la llamada del merlú, y gritar juntos tras la “arrancada”, porque Zamora nos congrega a todos ese día y a esa hora, las cinco de la mañana. Y desayunarse unas sopas de ajo con los de siempre, en el rincón de las Tres Cruces de siempre, para emprender el lento camino de vuelta con algo más de fuerza. Y tener que aguantar el sueño porque esa tarde estamos de Entierro, y sin poder casi ni abrir los ojos, cumplir con Nuestra Madre y con todos los amigos que van con ella cada Viernes Santo.
                   No cabe la idea de no poder esperar a la Reina de Zamora y a sus damas de honor cada Sábado Santo en la estrechez de Renova, con la tristeza ya reflejada en el rostro a sabiendas que que el fin está próximo.
                   Y no cabe la idea de no poder despertarse un Domingo de Resurrección a vivir la falsa felicidad del encuentro, falsa en si misma pues nos viene a decir que todo ha terminado y hay que esperar otro año más.
                  No se hace uno a la idea, no, pero hay muchos que cada año deben sufrirlo y renegar, cuando llega el momento y su cabeza, que no su cuerpo, se trasladan a velocidad de segundo a Zamora. Ellos están aquí también, pues también son de los nuestros y no nos olvidamos de ellos. Sabemos que volverán y degustarán con más ganas cada momento, cada instante y harán lo posible por recuperar cada segundo perdido en la ausencia. Vuelven con una experiencia que, por dolorosa, les ha hecho apreciar más lo que este corto periodo de diez días encierra para un zamorano. Y contarán en sus lugares de exilio las excelencias de la Pasión para, al menos, poner ese uno por ciento tan importante del sentimiento que es la curiosidad de venir, aunque sólo sea por lo pesado que se ha puesto el zamorano ese que tenemos en la oficina, y será cuando descubran por qué ese compañero zamorano no tenía en boca otra cosa que no fuese “su” Semana Santa y querrán volver.
                 Hay quien dice que “Zamora es una ciudad preciosa para echarla de menos”, pues raro es el zamorano en el exilio que no hace la mejor campaña publicitaria de nuestra tierra posible. Y eso en Semana Santa aumenta de forma exponencial. Pues a la añoranza de la piedra se une la añoranza del instante, del sonido, de la imagen, del marco… y saben que debe pasar otro año para recuperar lo no vivido o, sería mejor decir, vivirlo de nuevo, pues en Zamora no hay dos Semanas Santas iguales, aunque parezca lo mismo cada año, aunque las piezas sean las mismas, en los mismos lugares y a las mismas horas siempre hay algo distinto que la hace especial. Aunque cada uno haga lo mismo cada año, con los mismos, siempre tendrá algo diferente que se recuerde por años venideros. Porque Mater Mea no suena igual, Thalberg no suena igual, el Jerusalem no suena igual, el Miserere no suena igual, el Christus no suena igual, el merlú no suena igual, la Soledad no camina igual, el Cinco de Copas no marca el camino igual, la Despedida no se mueve igual, el Lavatorio no pesa igual, el Yacente no mira igual, la cera no huele igual… siempre parecerá lo mismo y será distinto.
                    Por eso sufre el que no puede estar, como sufre el que sabe que falta alguien tanto como el cofrade al que la lluvia, esa gran enemiga, deja sin salir a su procesión o la desluce hasta el extremo. El emigrante, el lesionado o el que no ha podido salir por la lluvia están también en nuestro recuerdo, pues “tú tenías que estar aquí”.

Relato escrito allá por el mes de marzo de 2010 y que ahora,aparecido por las entrañas de mi portatil,recupero

DESPERTAR

Corría el año 2009 cuando la Cofradía de la Santa Vera Cruz decidió trasladar su celebración de la festividad de la Exaltación de la Cruz del 14 de septiembre al domingo más próximo en el calendario a la mencionada calenda. Esta celebración, de unos años a esta parte ha sido dignificada con la procesión que se realiza desde el Museo hasta San Juan y regreso tras la misa. En Zamora, ya se sabe, más que religiosos o devotos somos “procesioneros”, y sacar cualquier cosa en procesión en cualquier fecha del año gusta especialmente en esta tierra, lo cual hace que fiestas importantes de la Iglesia o de las cofradías pasen totalmente desapercibidas si no se saca algo a la calle para conmemorarlo.
Domingo de septiembre. Ha habido curre esta noche hasta tarde, como era de presumir a la vista de lo previsto, la cosa se ha liado a más del horario previsto tras una noche de acá para allá. Esta vez el trasnocheo no ha sido placentero.
No sé qué hora es ¿acaso me importa? No tengo que madrugar. A bastante intempestiva hora me acosté. No era tarde, no, más bien era pronto, temprano, con la fresca, cuando el madrugador ya se dejaba ver y los últimos mahamadous ya se retiraban. Hoy yo no estaba entre ellos. El cuerpo pide cama sí, cama de la variedad común, como decía Mecano. Suena el maldito teléfono. Seguro que es un sueño, media vuelta. No, no es un sueño, Thalberg me está despertando y no son las 5 de la mañana, sino…. ¿Qué mierda de hora es? Son las 12. Espero que no sean de la oficina que me he dejado algo, que con el follón de anoche (hace un rato más bien) cualquiera sabe. ¡Que estoy de saliente, por favor, quiero dormir!.
Thalberg sigue dulcificando el oído. Y es que precisamente tengo Thalberg en el móvil, para que estas llamadas “inoportunas” sean más llevaderas. A ver quién es. Ah, llaman desde Zamora, joder, que querrán, seguro que es para darme envidia que están de cañas. Descuelgo y suenan los tambores de Ciudad de Zamora, las esquilas del Barandales y una voz ¿lo escuchas?. Leche, es verdad, que hoy era la Exaltación, que sonido más agradable. Procesión en Zamora. Qué pena no poder estar. De hecho, a la vista de las previsiones para la noche del sábado era de estimar que acabaría tarde, por lo que había desistido de jugármela en la carretera para llegar a la Exaltación. Pero entre el curro, el sueño y demás mi cabeza no daba para recordar.
Sigue sonando el barandales mientras me retransmiten en directo la procesión, los asistentes, el tiempo… Ahora pasa la Cruz y la Banda de Zamora tocando Cristo de la Sangre. La verdad, da gusto despertarse así, con sonido de procesión, de Semana Santa. Aunque no se puede comparar a estar allí, eso ya es insuperable. “Hemos pasado lista y sólo faltas tú”. Ya, menudo consuelo, en fin, para otro año espero que vengan mejor dadas. Es el sino del emigrante, especie por desgracia demasiado común en Zamora. Somos demasiados los que nos buscamos las habichuelas fuera y, estos eventos a menudo nos pasan de largo sin que podamos asistir. Menos mal a las nuevas tecnologías y a que siempre hay algún amigo dispuesto a compartirlo aunque sea por vía telefónica. Mejor eso que nada.
La llamada termina, pero a mí ya me alegró el día. Y es que es una gozada despertar así, con sonido de procesión, de procesión de Zamora. Quizás por eso Thalberg suena siempre en mi móvil… y seguirá sonando, por si acaso.

A Jesús Salvador,alma de todo esto,contigo para lo que necesites

EL ITNERARIO (No el de Jesús Salvador)

Corría el año 1983, cuando un joven semanasantero, aún bastante imberbe, comenzó, a modo de juego, a coleccionar los itinerarios que sobre las procesiones de la Semana Santa de Zamora ofrecía la Caja de Ahorros Provincial de Zamora. Uno a uno cada año aumentaba la colección hasta convertir en verdaderas reliquias los más antiguos de aquellos desplegables. Un vistazo pausado ayudaba a comprender lo que Zamora ha cambiado en estos años, tanto en los desaparecidos edificios que se ven en las fotos, como en los cambios de nombres de calles, en los recorridos procesionales, en los adornos de los pasos, etc, etc. Hoy aún, a pesar de la proliferación de itinerarios que inundan comercios y calles los días previos a Semana Santa, alguno de ellos de una calidad sublime, como el mencionado en el título, aquel joven sigue guardando con mimo el que edita la otrora entrañable Caja de Ahorros zamorana, hoy convertida en, digamos, otra cosa.
Curioso fenómeno es éste de la Semana Santa de Zamora. Se habla mucho de lo que se siente debajo de una túnica, de lo que se siente debajo de un paso, de lo que se siente en una Banda… pero pocos reparan en lo que se siente en la acera, y no ya viendo pasar tal o cual imagen, sino del hecho de esperar un efímero momento que se sabe que tardará un año entero en volver a suceder. El itinerario de la acera viene grabado a fuego en el corazón de cada semanasantero. Cada uno tiene su momento, bien buscado o bien encontrado por casualidad. Y las anécdotas son variopintas. Nunca falta aquel que cuando ve pasar a alguien vestido con la túnica de una cofradía camino del templo de salida le pregunta ¿pasa por aquí la procesión? Muchas veces es el mismo de año en año y dan ganas de contestarle algo así como “No, es que hoy traen la Copa del Mundo y por eso está aquí toda esta gente”.
Otra estampa típica en esos momentos de acera es la de los niños correteando por el centro de la calle, asomándose impacientes a ver si a lo lejos divisan el desfile, hasta que alguien dice “Ya vienen, ya se oyen los tambores”. Y en lo que a niños se refiere, es habitual también dejarles pasar a las primeras filas.
Otro que siempre aparece es aquel que pretende acceder al medio de la calle para después buscar sitio y pide permiso con educación a los ya colocados, que al abrirle paso descubren que viene el susodicho, la mujer del susodicho con el carrito del vástago benjamín del susodicho, el resto de vástagos del susodicho, la tía de los vástagos del susodicho, la abuela de los vástagos del susodicho, y el vecino del cuarto A del portal del susodicho, que nunca sale de casa pero que hoy le ha dado por ahí. Vamos, una procesión en toda regla. Eso sí que es dos por el precio de uno.
Sobre las esperas hay para todos los gustos. Los hay que hacen horas y horas apostados en algún sitio (ayer mismo, 5 de agosto, en la Rúa había gente apostada como si esperasen una procesión) o los hay, como uno que yo me sé, que tiene el record del Mundo de menor tiempo en esperar por una procesión. Segundo y dos décimas pasaron desde que se puso en la Ronda de Santa María la Nueva hasta que el primer cofrade de las Siete Palabras pasó delante suyo. Cuestión de prioridades, de fechas, de horas y de lugares. Pero es cierto que el noble arte de hermano de acera tiene todo un ritual consigo. De hecho hay tantos rituales como personas viendo cada procesión. Los hay que se llevan las sillas de casa, los que devoran pipas como si se fuesen a acabar, ignorando que el kiosco de Felipe, el de la Rúa o Coliseum reponen cada mañana de Semana Santa las existencias del fruto seco por excelencia de esos días. Mítica fue la estampa, un día de Semana Santa por la mañana del no menos mítico Felipe descargando cajas y cajas de bolsas de pipas. Los hay que los ves en todas, los hay que cada año están en el mismo sitio e incluso te preocupas si no les ves, no siendo que les haya pasado algo. Los hay que sólo los ves en una. Hasta los hay que para verles en la que los ves y como los ves, prefieres no verlos en ninguna, y a buen entendedor…
Es la otra mirada de la Semana Santa, la mirada del que la ve desde fuera pero que está dentro, pues sin él nada sería lo mismo. Es el Itinerario que todos nos hacemos, pues todos, a falta de supermanes que salgan en las diecisiete, somos en algún momento hermanos de acera. Y todos sabemos que desde la acera también surgen las emociones, distintas, pero no por ello menores. Y esas emociones acaban forjando nuestro propio itinerario, ese que también coleccionamos y buscamos año a año como aquel viejo desplegable de la Caja de Ahorros.