JUEVES DE TRASLADO
Corría el año 1993 cuando la Cofradía de Jesús del Vía Crucis estrenaba Banda de Tambores y Cornetas. Era una Banda compuesta por gente muy joven, pero dirigida por ilustres veteranos de las bandas de cornetas y tambores zamoranas. Esta Banda tuvo su debut, ni más ni menos, que en la procesión que abre cada año la Semana Santa de Zamora, el Traslado procesional del Nazareno de San Frontis. Ante dicha responsabilidad el Jefe de aquella Banda tuvo la brillante idea de quedar en el lugar habitual de ensayos a las seis de la tarde, dos horas y media antes del desfile, para vestirse juntos y tranquilizar a los noveles músicos. Dicha costumbre siguió manteniéndose en otras variantes y, aún con la Banda desaparecida, ha llegado a nuestros días.
Es el Jueves del Traslado un día de tradiciones por autonomasia. Es el comienzo de todo, es el día con el que estamos soñando todo el año, el que más deseamos que llegue y como tal hemos de estar preparados. Es el pistoletazo de salida que comienza, como no puede ser de otra manera mirando al cielo a ver que nos depara la climatología este año. Si hace sol la sonrisa que se nos ha dibujado al saltar de la cama se hará mayor y si llueve un poso de amargura nos entristecerá, aunque no por ello perderemos la esperanza de que sea pasajero.
Esa mañana una cita inexcusable, mítica y tradicional en sí misma, concertada desde el año anterior, es el paso por la peluquería. Y es que un pelo cortito ayuda a que el sudor de los caperuces transpire mejor y se evite ese redondelillo a modo de corona resultante de apretar el cartón o la rejilla. Ahí comienza la Semana Santa para muchos, en su peluquería habitual a golpe de maquinilla y tijera. Entrañable, mítico e íntimo para cada cual, sin duda.
Ya por la tarde es hora de cumplir otra tradición, aquella iniciada en 1993. Y es que es un verdadero placer revivir cada año el debut de aquella Banda, hoy tristemente Historia, con uno de sus fundadores en el bar de siempre, de cada año. Un reencuentro entrañable también pleno de sabor y recuerdos. De sabor a patatas mixtas, como en aquellos maravillosos años lamentablemente truncados y de recuerdos de anécdotas vividas tal Jueves como éste, pues los años ya van llenando de vivencias algunas mentes. Antes esa quedada era para bajar a San Frontis a acompañar al Nazareno, ahora no es más que un guiño a la nostalgia y un reencuentro entre viejos amigos que, como tantos otros, cada Semana Santa hacen lo mismo el mismo día, a la misma hora y en el mismo sitio, y que aunque parezca igual siempre es distinto y siempre es emotivo. Y si alguna vez causa mayor lo evita parece que falta algo y que no es lo mismo, uno se siente raro.
Entre anécdota y anécdota han llegado las ocho. Está a punto de comenzar la verdadera esencia del milagro zamorano, la primera imagen saldrá a la calle a emocionarnos, pero a nosotros nos falta uno. Uno que siempre está y nunca falla. Uno que acaba su trabajo y se une a los preparativos. La Calle de los Herreros en su versión tapera es punto de espera y encuentro para seguir haciendo tiempo hasta la cita de las citas. Esa que en breve nos va a traer la realidad como si fuese un sueño. Y es que arriba de Pizarro, como todos los años, esperaremos la llegada del Mozo, con las esquilas del barandales como inmejorable preludio y allí, esta vez sí que es real y no es ningún video, aparece la imagen del Nazareno de San Frontis, con su paso cadencioso, a los sones de SU marcha, acompañado por los suyos que le llevan a la casa mayor de Zamora. Tras pasar delante nuestro, esas miradas cómplices de decirnos que sí, que ya está aquí un año más esos días mágicos, el milagro zamorano una vez más se ha puesto en marcha.
Pero queremos más, y raudos vamos a la Catedral para verle entrar, para ver esa imagen que no nos cansaremos de observar los días venideros. Ya pasó la primera y hay que celebrarlo. En camaradería, como siempre. Como siempre lo hacíamos los de la Banda, yendo a cenar al lugar de trabajo de un compañero nuestro. Una cena expontanea, entrañable, entre compañeros y amigos. Hoy somos menos, pero esa cena se sigue produciendo, con otra gente pero con el mismo sentido. Los recuerdos, una vez más lo ocupan todo mientras vivimos ese presente que en años venideros será recuerdo.
Es la otra Semana Santa, la que no entiende de guerras, de envidias, de poder ni de rencillas. La que llevamos cada uno dentro. Cada uno la suya, sin que ninguna sea mejor ni peor pero que sumadas hacen la de todos, hacen que la Semana Santa de Zamora haya sido lo que ha sido y nunca debiera dejar de serlo, a pesar de que otros se empeñen. Es el milagro de Zamora. Luchemos por ella y disfrutémosla con el corazón. Que no nos llueva hermanos.